Consciencia de la muerte y vida profunda

por | Sep 22, 2023 | Artículos

Apuntes de la charla en el club de lectura de Los Monasterios-Puçol

Cuando me planteo dar una conferencia, charla o participar en una tertulia mi posición inicial es contribuir a desarrollar un evento con tintes dialógicos, quiero decir con esto que, aunque yo introduzca o desarrolle el tema, es fundamental para mí que el acto se mueva en la dirección de establecer un diálogo en el que ambas partes, vosotros y yo, podamos enriquecernos de una interacción mutua que nos aporte, nos mueva y nos incentive a seguir buscando y, a lo mejor, hasta podamos extraer alguna nueva idea a partir de lo compartido. Permitir que el otro nos fecunde, como nos podría decir R. Pannikar, e incluso que ante una discusión podamos pensar que el otro puede tener razón, como nos sugeriría H. Gadamer o P. Ricoeur. Podemos sentenciar como lo hizo Hegel, que el hombre culto es aquel que está dispuesto a conceder vigencia a los pensamientos de otra persona.

Quiero enfatizar lo de que “nos mueva” y hasta nos conmueva, en definitiva, que lo desarrollado resuene en nuestro interior, como nos diría H. Rosa, en vez de convertir esta charla-presentación en una ensalada de conceptos, aunque estén bien cortados, combinados y aliñados. Y mucho menos pretendo presentar un manual de cómo nos tenemos que presentar frente a la muerte y qué recetas nos van a ayudar a llevarla bien. No es una presentación que parta de certezas inamovibles y mucho menos que intente matar al misterio que envuelve a la tierra de Hades.

Como planteó M. Heidegger el pensar filosófico comienza con un estado anímico, inaugurando un ahí, y la sintonización con ese estado de ánimo es un don y el pensamiento se convertiría en el custodio de este don. Podemos pensar en la duda cartesiana, como base de la filosofía del cogito, o la ética radical frente al otro de un E. Levinas, que pasó por un campo de concentración nazi, o la angustia de un buen número de existencialistas, como lo fueron Kierkegaard o Sartre, o la melancolía del propio Heidegger. Luego vendrá el trabajo hercúleo con los conceptos, fundamental en la filosofía kantiana.

Mi estado anímico a la hora de reflexionar acerca de la muerte partió de la tristeza por la pérdida de mi madre y de una mezcla de sentimientos por la toma de consciencia de mi muerte, ya no tan lejana. Volvió a aparecer la tristeza, el mundo para mí puede desaparecer y en él están mis seres queridos; una cierta extrañeza ante la imagen de estar apagado, y un afán de conocer, investigar y construir sentido a una vida que tiene fin. Fruto de demorarme en estos sentimientos y no cerrar de forma prematura mi herida fue mi libro “Madres, cocodrilos y leones”.

Quiero manifestarles que el último estado anímico que describo en el párrafo precedente ha presidido buena parte de mi vida, mi espíritu buscador se inició muy tempranamente cuando me fue imposible seguir viviendo la religiosidad como la había vivido en mi infancia, quizá fue mi primera gran renuncia a un valor con el que había convivido desde mi nacimiento. Unos años más tarde empecé mi formación y trabajo como psicoanalista y un camino de experiencias y viajes por diferentes partes del mundo. Con la esperanza de encontrar sentido conviví con gentes de distintas culturas y creencias, como los hijos de la luna, los yanomamis, o los chamanes de las sierras Zapoteca y Mazateca mexicanas.

A la vuelta de uno de mis viajes tuve el siguiente sueño:

Llego a un pueblo de la costa. No lo conozco, pero me parece muy agradable. Voy en bicicleta y pienso que quizá debería continuar el viaje por autopista para ir más rápido. Aparece un señor mayor, con apariencia de ser un hombre de la tierra y un profundo conocedor de los caminos. Me aconseja ir por carreteras secundarias, disfrutar del paisaje y aprender de él. Me sugiere que pase la noche en el pueblo y que mañana temprano recoja mi bicicleta y continúe mi camino. Me descubro al lado de mi bicicleta y veo mi libreta y un lápiz en el suelo.

Cuando comencé a trabajar el material que me proporcionaba el sueño me di cuenta de que debía cambiar la «velocidad» con la que estaba viviendo y experimentando ciertos acontecimientos vitales. Este viejo sabio, mi Hermes interior, me dio un consejo que me permitió orientarme en la encrucijada que tenía abierta en ese momento en mi vida. Mi camino no podía ser el del chamán, pero quizá sí el de la investigación sosegada y profunda.

Con este ejemplo quiero poner sobre el tapete la importancia de la imaginación creativa en relación al abordaje de los temas existenciales, como es el de la muerte, un camino distinto al de la pura razón, pero que integra la razón y que quizá trasforma la fe o la falta de fe en esperanza.

Quiero darles algunos ejemplos de la importancia de la imaginación creativa en el desarrollo del arte y de la ciencia: Paul McCartney compuso «Yesterday», después de soñar la partitura; Muchos pintores como Durero, Chagall o Dalí extrajeron sus temas pictóricos del mundo onírico; la escritora inglesa M. Shelley transformó una visión onírica en su famosa novela que tituló «Frankenstein» y S. T. Coleridge compuso su poema «Kubla Khan» a partir de lo soñado; Tanto el inventor de una máquina de coser, E. Howe, como el de los aviones Antónov soñaron las formas de sus creaciones; Un sueño del científico Von Kekulé le permitió descubrir el benzeno; y el matemático s. Ramanujan veía de forma onírica sus fórmulas matemáticas. Estos son algunos de los ejemplos.

Siguiendo con vosotros en la visita a la patria de Hades quiero contaros un sueño de una paciente que la vinculó directamente al hermano oscuro de Zeus. El sueño decía lo siguiente:

Estoy paseando por mi ciudad, viendo escaparates donde hay muestras de la moda primaveral, abundan los colores vivos. Un coche para a mi lado y un hombre vestido de negro me amenaza con una pistola, me obliga a subir al coche. Me lleva a un lugar de muerte y desolación, es como si hubiera una guerra. De repente me encuentro dentro de una casa, antigua pero muy cálida y oigo la voz de mi abuela que me dice “de esto también se aprende.

Esta mujer que había vivido de espaldas a la idea de que la vida puede llegar a su fin, en un contexto sobreprotector, en el que la muerte, la enfermedad y el conflicto eran cosas del mundo externo, estaba padeciendo en su propia carne el contacto directo con la muerte, estimulado por el fallecimiento de un conocido.

El sueño arranca a la soñante de sus distracciones cándidas y juveniles, y le arrastra hacia la guerra, la desolación y la muerte. Probablemente la figura del gánster sea similar a la del raptor Hades, por lo que podemos ver una coincidencia muy importante entre el sueño de mi analizada y el mitologema de Deméter y Perséfone.

La dificultad de mi paciente de salir de la comodidad maternal estaba en guerra con el descubrimiento de la depresión, la enfermedad y la muerte. La soñante tenía que salir de su complejo materno –permitir que muriera parte de su niña eterna– para madurar, lo que equivaldría a renovarse. Los sujetos que no realizan esa transición o iniciación se pueden convertir en hipocondriacos, supersticiosos u obsesionados con la idea de la muerte.

También me gustaría señalar que la falta de imágenes, con sus respectivos relatos, que nos permitan soportar los momentos oscuros de nuestra existencia favorecen actitudes autodestructivas y, a veces, un empujón hacia el suicidio. Nuestra sociedad actual nos atiborra de fotografías en las que el héroe, el triunfador, el que gana, el fuerte, el mega productor, el de la voluntad de hierro, en definitiva, el que lo puede todo… se convierten en ejemplos a seguir, lo otro es flojera, debilidad, mal ejemplo. Hay pocas imágenes que nos acompañan en momentos duros de nuestra vida y que nos hablen de aprendizaje, conocimiento y sentido, solo es posible ver un gran cartel con la palabra “superación” y esto tiene consecuencias muy negativas para una parte muy importante de sujetos que están imbricados en conflictos existenciales y emocionales.

Diferentes analistas existenciales consideran la importancia de poder confrontar con la propia muerte, pues puede favorecer un cambio radical en la perspectiva de la vida. La muerte puede actuar como un catalizador que permita transformar al sujeto ayudándole a vivir con mayor profundidad, intensidad y agudeza vital. Como señala I. Yalom, el cáncer podría curar la psiconeurosis. La muerte nos recuerda que la existencia no puede posponerse y nos invita a prescindir de lo superfluo y nos acerca a lo que Heidegger llamó ser auténtico. Nietzsche en su libro “La Gaya Ciencia” lo expresó de la siguiente manera:

De semejantes abismos, de enfermedades tan graves, regresa uno como recién nacido; con una piel nueva más sensible e impresionable, con un gusto más delicado para la dicha, con un paladar más refinado para todas las cosas buenas, con sentidos más alegres y despiertos, con una segunda inocencia para percibir la felicidad. Más parecido, en definitiva, a un niño y, sin embargo, cien veces más sutil que antes.[1]

Quiero comentaros otro sueño que nos habla de un ángulo distinto de la muerte. Un relato onírico de un hombre con un cáncer terminal, descrito por von Franz. El sueño decía lo siguiente:

            Veía un trigal verde, de altura media, aún no maduro. En éste había irrumpido una manada de vacas que lo había pisoteado y destruido todo. En ese momento se escuchó una voz desde arriba que decía: “Todo parece destruido, pero, desde las raíces subterráneas, el trigo volverá a crecer”.

El hombre, condenado a una muerte segura podía leer en el sueño que su vida de alguna forma continuaba. La metáfora del trigo que vuelve a crecer hace referencia al arquetipo de la muerte y la resurrección y a la posibilidad que su vida no se apague, sino que siga con una suerte de renovación. El motivo de este sueño recuerda al Evangelio de San Juan 12, 24-25, donde se lee: En verdad, en verdad os digo que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo, pero, si muere, llevará mucho fruto.

Como indican los ejemplos que os he señalado, la muerte quiere ser escuchada, incluso algunas de sus palabras nos hablan de esperanza. La imaginación creativa puede ser una de las vías que nos permiten tener presente a la muerte e incluso establecer un dialogo con ella, en sintonía con la filosofía romántica y también con el pensamiento alquímico y la psicología profunda, en especial la de C. G. Jung y M. L. von Franz Y T. Abt.

Pero quizá para convocar a la imaginación y poder mirar a la muerte de frente hay que hacer un pequeño paréntesis y marcar una tachadura en el nombre (Javier), tachadura que se configura como un paso a nivel que me impide seguir avanzando y me invita a demorarme. En una sociedad que tiene como lema fundamental el crecimiento desmesurado ¿quién se permite parar y reflexionar acerca de temas existenciales como la muerte? B. C Han relaciona el crecimiento productivo descontrolado como un cáncer que acaba devorándolo todo. La misma sociedad del crecimiento te invita a tener creencias, creencias que te proporcionan ya un sentido, porque si uno se dedica a buscarlo por su cuenta puede perder mucho tiempo en ello.

Os propongo que os demoréis y os preguntéis que os sugiere la muerte y que talante anímico es convocado a través de ello, no sin antes contaros una pequeña historia que también tiene que ver con mi estado anímico o, quizá, con mi necesidad existencial:

Cuando Prometeo entregó el fuego a la humanidad, desencadenó la furia de Zeus. Éste, pensando cómo vengarse del ladrón, encargó a Hefesto que fabricara una mujer de barro y ordenó a los Cuatro Vientos que le inundaran aliento. Esa mujer, llamada Pandora, la más bella jamás creada, fue regalada a Epimeteo, hermano de Prometeo; pero Epimeteo, prevenido por su hermano, la rechazó, pues esperaban recibir de Zeus algo maligno. El padre de los dioses optó entonces por el castigo directo y condenó a Prometeo a permanecer encadenado en el monte Cáucaso, donde un buitre le iba arrancando trozos de hígado durante todo el día, órgano que se regeneraba a lo largo de la noche hasta adquirir su tamaño normal. Este ciclo producía un dolor inmenso que no tenía fin. El mito griego continúa con el casamiento de Epimeteo con la insensata Pandora; temeroso de la suerte de su hermano, Epimeteo decidió no aumentar la cólera del padre del Olimpo. Al poco tiempo de los esponsorios, el hermano de Prometeo sucumbió a la tentación de abrir una caja, “la caja de Pandora”, arca que debía mantenerse cerrada pues contenía todos los males que podían contaminar a la humanidad. Así iniciaron su andadura en el mundo la Vejez, la Fatiga, La Demencia, la Enfermedad, y la Muerte. Pero Prometeo había sido previsor, y junto con los males había encerrado a la Esperanza, siendo ésta el artífice de que la humanidad no se suicidara.

[1] F. Nietzsche (1974). La Gaya Ciencia. Barcelona: Olañeta, pág. 37.

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