La etiqueta diagnóstica como condena. Reflexiones acerca del marco educativo

por | Jul 28, 2023 | Artículos

Hace más de una década escribí un artículo para la universidad en la que daba clases titulado “El niño no habla, pero sabe hacer otras cosas”. Artículo en el que reflexioné acerca de los límites de la educación tradicional y el daño irreparable que se podía producir en muchos niños al ponerles una etiqueta diagnostica que justifica y vaticina su mal desarrollo educativo.

Howard Gardner, teórico de las inteligencias múltiples, alega que nuestra sociedad sufre tres males: “occidentalismo”, “testismo” y “mejorismo”. Estos males están relacionados, según este psicólogo y profesor de Harvard, con la magnificación de los valores occidentales, la obsesión por la evaluación y el prejuicio de que lo único importante de nuestros conocimientos es lo que nos capacita para competir profesionalmente en nuestra sociedad. Siguiendo esta línea argumental, el diagnosticar y clasificar, y a partir de aquí prescribir recetas o justificar fracasos escolares, se convierte en uno de los objetivos prioritarios de los profesionales de la psicología y de la educación.

Mi hijo Jacobo manifestó un retraso en su expresión verbal y pensé que ello le podía producir una frustración en diversos campos de su actividad académica y relacional, pero también es verdad que mostró rasgos de inteligencia de forma muy precoz (jugando con una máquina interactiva), gusto por la música y una psicomotricidad muy desarrollada. Su hermano Alejandro me dijo un día “papá Jacobo no habla, pero sabe hacer otras cosas”.

Unos años después mi hijo fue diagnosticado e incluido dentro de ese amplio y variado colectivo al que denominan trastorno del espectro autista (TEA) y, además, con un grado dos. Las previsiones acerca de un buen desarrollo y autonomía del niño “bendecido” con este diagnóstico, para un buen número de profesionales de la salud mental, es malo y desalentador.

No soy psicoterapeuta de niños, pero en mi trabajo clínico con adultos siempre he considerado que el adaptarse a las características y necesidades singulares de cada sujeto se ha de convertir en el eje fundamental de cualquier tratamiento psicológico: respetar el ritmo particular del aquejado; ayudarle a que tome contacto con sus emociones y sepa gestionarlas; ponerle palabras a lo que ha vivido como confuso o no consciente; y acompañarle en el proceso de descubrir hacia donde se dirige su creatividad. Estos principios me han permitido trabajar con sujetos con cuadros clínicos graves, que el saber oficial incompatibilizaba con el trabajo psicoterapéutico.

Estuve convencido de que estas mismas líneas de pensamiento debían ser mi guía en la forma de intentar ayudar a mi hijo y esto me llevo a tomar estas decisiones:

  • Una escolarización inclusiva que permitiera a Jacobo sentirse “uno más”, aunque no por ello dejara de percibirse como especial.
  • Buscar una escuela que respetara su ritmo y formas singulares, permitiendo que Jacobo se pudiera autorregular, sin que por ello se dejaran de estimular sus capacidades cognitivas generales e investigaran sus habilidades y fortalezas específicas.
  • Comenzar un trabajo psicoterapéutico que le facilitara elaborar su mundo emocional, mundo al que Jacobo no podía acceder con palabras, pero sí mediante el juego simbólico.
  • Reforzar las capacidades comprensivas y comunicativas de Jacobo mediante tareas que Jacobo pudiera desarrollar fuera del marco escolar.

Pude poner en práctica estas medidas, teniendo la suerte de encontrar la escuela adecuada y los terapeutas que pudieron entender y estimular a mi hijo. Al mismo tiempo, nuestra familia supo arropar a Jacobo con todo el afecto del mundo y asumir que la paciencia podría ser una de las herramientas fundamentales en la ayuda del niño.

En la actualidad se siguen apreciando límites en el desarrollo de Jacobo, pero, al mismo tiempo, con una progresión espectacular en el desarrollo de sus capacidades y en la gestión de sus emociones.

Todo ello me hace extraer esta conclusión: a veces, los diagnósticos son como las profecías autocumplidas que fuerzan a que se cumpla lo vaticinado por la categorización. Sin embargo, si sabemos leer la problemática singular de cada niño, joven o adulto se abren muchas posibilidades de que realmente le podamos ayudar.

Quisiera finalizar este artículo haciéndoles partícipes de que Jacobo se convirtió en ilustrador de uno de mis libros, “Imaginación, reflexión y creación” y puedo decirles que como ilustrador hizo un trabajo excelente.

[1] https://www.universidadviu.com/es/actualidad/nuestros-expertos/el-nino-no-habla-pero-sabe-hacer-muchas-otras-cosas

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